El nuevo marco legal busca sacar de la sombra al mercado de cigarrillos electrónicos y pouches. El Ministerio de Salud enfatiza que el consumo sigue siendo un riesgo directo para el corazón.
El escenario para los consumidores de nicotina en Argentina cambió drásticamente esta semana. Con la publicación de la nueva normativa en el Boletín Oficial, el Gobierno puso fin a más de una década de esquemas prohibitivos que, en la práctica, no habían logrado detener el consumo. La estrategia oficial se desplaza ahora de la prohibición a la regulación: a partir de ahora, todo fabricante o comerciante de vapeadores, dispositivos de tabaco calentado y pouches deberá inscribirse en un registro obligatorio, declarar componentes y cumplir con estándares de calidad, bajo la premisa de que «lo que no se puede prohibir, debe controlarse».
Fuentes gubernamentales explicaron que el objetivo primordial es desarticular el circuito informal que hoy domina el mercado. Estos productos, que ingresaban mayoritariamente por contrabando, carecían de control sobre su composición química y no tributaban impuestos. El nuevo régimen, coordinado por los ministerios de Economía y Salud junto a la ANMAT, establece que solo podrán venderse artículos registrados. Un punto de quiebre es la prohibición total de saborizantes en los vapeadores, identificados por los expertos como el «anzuelo» principal para la iniciación de menores de edad.
Sin embargo, la apertura del mercado legal convive con una fuerte preocupación sanitaria. Especialistas internacionales y locales coinciden en que la nicotina es una toxina cardiovascular directa. Thomas Münzel, del Centro Médico de Mainz, advirtió que no existen vías de consumo inocuas: «El próximo infarto puede no venir de un cigarrillo, sino de una bolsita de nicotina». En Argentina, cardiólogos del ICBA y del Hospital Italiano alertaron que estos dispositivos generan daño vascular precoz y afectan el desarrollo cerebral en jóvenes de hasta 25 años, impactando en la memoria y el control de impulsos.
Además de la cuestión cardiovascular, la evidencia científica reciente publicada en revistas como Carcinogenesis apunta a que los cigarrillos electrónicos son probablemente carcinógenos para los humanos, pudiendo causar lesiones celulares similares a las del tabaco convencional. El Gobierno apuesta a que, mediante la formalización y la trazabilidad, se reduzca el daño provocado por productos de origen desconocido, mientras que las sociedades médicas insisten en que la regulación debe ser extremadamente estricta para evitar que una nueva generación quede atrapada en la adicción a la nicotina bajo la falsa premisa de un «menor riesgo».
