Una brutal agresión entre dos mujeres durante un partido infantil reabrió el debate sobre el comportamiento de los adultos en el deporte formativo. Entrenadores tucumanos advierten que la presión externa está alejando a los chicos de las canchas.
Lo que debía ser una jornada de recreación en el club Universitario terminó en una causa judicial y con una mujer hospitalizada con quemaduras en su rostro. El grave episodio de violencia, que ya cuenta con medidas de restricción de acercamiento, encendió las alarmas en el deporte tucumano. Coordinadores de hockey, fútbol, rugby y básquet de los principales clubes de la provincia coinciden en un diagnóstico preocupante: la ansiedad y la agresividad de los padres están transformando los espacios de formación en «picadoras de carne» que atentan contra el bienestar de los menores.
Desde el Jockey Club, Candelaria Villanueva advierte que la presión de los padres es el principal motivo de abandono deportivo: “Los chicos dejan de intentar cosas nuevas porque sienten que están a prueba. Todo pasa por la aprobación de los adultos”. Esta lógica se repite en el fútbol infantil, donde Carlos Reinoso, de la filial tucumana de Argentinos Juniors, señala que las expectativas desmedidas solo generan nerviosismo y frustración en los niños.
El básquet también refleja esta realidad. Martín Correa, entrenador de Talleres de Tafí Viejo, relata escenas donde ha tenido que pedir el retiro de padres de las tribunas por gritar constantemente a sus hijos. “Vivimos en una época sin paciencia; si el chico no es campeón, parece que no sirve”, resume Correa. En la misma línea, Maximiliano Pfister (Tucumán Rugby) reconoce que los adultos suelen tomar como propios los objetivos de sus hijos, trasladando sus ansiedades a la cancha.
Ante este panorama, clubes como Atlético Tucumán y Azucarera Argentina apuestan por el trabajo preventivo. Agustina Ruiz, coordinadora en el «Decano», enfatiza la necesidad de hablar constantemente con los padres para que dejen disfrutar a los niños. Por su parte, Manuel Calderón, de Azucarera, sostiene una postura más estricta: prohibición total de gritar o intervenir en el juego.
El caso de Universitario no es un hecho aislado, sino el síntoma de una sociedad que descarga sus tensiones en el ámbito deportivo infantil. Ramón Vidal, de Cardenales, es tajante: “A los ocho años el objetivo es que el chico se divierta. La gente viene con sus problemas y los descarga en un partido; eso no puede pasar”. El desafío para las instituciones tucumanas será blindar las canchas para que el deporte vuelva a ser, simplemente, un juego.
