A las afueras de Trancas, el mítico Pozo del Pescado mantiene intacta una tradición de más de cuatro siglos. Miles de peregrinos viajan cada año al santuario donde San Francisco Solano hizo brotar agua bendita, buscando un refugio de esperanza contra la adversidad.
El crujir del ripio en las afueras de Trancas anticipa el ingreso a un espacio donde el tiempo parece haberse detenido. Allí se encuentra el Pozo del Pescado, también conocido popularmente como el Pozo de los Milagros. La tradición oral e histórica del norte argentino asegura que en el año 1590, San Francisco Solano clavó su bastón de madera en la tierra reseca para calmar la sed de un pueblo diezmado por una sequía extrema. Cuatrocientos treinta y seis años después, la lógica científica sobre las napas subterráneas cede ante un fenómeno social incesante: un desfile diario de fieles que llegan desde distintos puntos del país cargando dolores, promesas y una necesidad compartida de creer.
EL RITUAL DE LOS PEREGRINOS
El santuario se caracteriza por su austeridad material, pero cuenta con ritos estrictos que los devotos repiten de generación en generación:
- La Ermita: Un modesto sector arbolado que resguarda la imagen del santo y un piletón de piedra donde el agua brota de forma constante.
- Las tres campanadas: Cada visitante hace sonar la campana de la ermita antes de retirarse; la tradición dicta que este llamado alerta al «Santito» para que atienda con prioridad las súplicas.
- El agua como transfusión: Botellas, bidones plásticos y frascos son sumergidos con paciencia artesanal para trasladar el recurso a familiares enfermos en distintas provincias.
Historias mínimas de resiliencia y devoción
La atmósfera del Pozo del Pescado está impregnada de un respeto silencioso, interrumpido únicamente por el murmullo de los rezos y el golpe de los jarros contra la piedra húmeda. Entre la multitud se destaca Irma, una mujer de manos curtidas que viajó desde las primeras luces del día desde San Miguel de Tucumán con tres bidones vacíos. Su misión tiene un destinatario directo: su nieto, recientemente diagnosticado con una severa afección pulmonar. “Los médicos hacen lo suyo, pero yo sé que esta agüita limpia le va a dar la fuerza que le falta”, relata con una devoción firme que conmueve a quienes la rodean.
A pocos metros, la escena repite el mismo componente de entrega. Carlos, un joven obrero, llora en silencio frente a la estatua del santo antes de tocar la campana. Hace exactamente un año, estuvo arrodillado en el mismo suelo rogando por la vida de su esposa, quien se encontraba en estado crítico tras un accidente vial. “Vine a agradecer. Ella hoy está en casa, caminando. Los doctores no le daban esperanzas, pero el Santito escuchó. Prometí volver cada año a limpiar este lugar y a traerle flores”, confiesa.
Donde la lógica periodística se rinde
Para los que se adentran en el lugar, el verdadero desafío periodístico radica en despojarse del dato frío y la verificación empírica. Frente al piletón de Trancas, las explicaciones hidrológicas pierden relevancia ante el impacto de una madre besando el agua o de un hombre quebrado encontrando un instante de paz absoluta.
Al sumergir las manos, el agua se percibe fresca y cristalina, completamente ajena al calor sofocante del mediodía tucumano. El verdadero misterio del Pozo del Pescado no radica en la mecánica de su vertiente, sino en la cadena invisible de resiliencia colectiva que genera. Bajo la sombra de San Francisco Solano, perfectos desconocidos comparten sus penas, unifican sus rezos y transforman la fe en un elemento tangible que se puede embotellar y llevar a casa para dar batalla a la realidad.
