El aislamiento, la falta de agua y el impacto del narcotráfico golpean con dureza a los jóvenes en el Gran Chaco, mientras persisten endemias como la tuberculosis y el Chagas.
El Gran Chaco Americano, el segundo bioma boscoso más extenso de Sudamérica después de la Amazonia, alberga bosques, sabanas y humedales donde resiste la cosmovisión ancestral de pueblos originarios como los qom, mocoví, pilagá y wichí. Aunque representan cerca del 10% de la población de la región, estas minorías históricamente relegadas continúan enfrentando la discriminación, la pérdida de su hábitat y el avance de amenazas externas.
En el extremo noroeste de Salta, muy cerca de los límites con Bolivia y Paraguay, las comunidades wichís atraviesan una realidad crítica. Históricamente marcadas por la ausencia estatal y la falta de servicios básicos, hoy experimentan un impacto devastador por la llegada de problemáticas urbanas a su territorio.
El impacto del aislamiento, las adicciones y la salud
Si bien el desarrollo de rutas e infraestructura facilitó el acceso a ciertos servicios, también abrió la puerta al narcotráfico y a la llegada de visitantes externos que introducen sustancias ilegales. En estas zonas aisladas, el consumo problemático se manifiesta a través de la llamada «química de la indigencia»: la inhalación de nafta en tetra brick (nafteo) y la ingesta de alcohol etílico mezclado con jugos en polvo o vino de cartón.
Esta crisis azota a un sistema de salud devastado que convive con endemias crónicas como el Mal de Chagas —que en el país afecta a 1,6 millones de personas y provoca 1300 nacimientos anuales con la enfermedad— y con un alarmante rebrote de tuberculosis, una afección controlada en los centros urbanos pero letal en el monte. Ante este escenario de hambre y abandono institucional, las comunidades protagonizaron un acampe de varias semanas en junio pasado para visibilizar sus demandas urgentes.
La paradoja del desarrollo y la pérdida territorial
El avance sobre el monte nativo refleja los temores históricos de las comunidades. Como advertían los referentes locales, la construcción de rutas —como la Ruta Nacional 81, cuya pavimentación total demandó 36 años— facilitó la conectividad, pero también propició el avance ganadero y agrícola que desmontó el ecosistema del cual los wichís obtienen su alimento y medicina.
De este modo, mientras las demandas más elementales, como el agua potable continua o la presencia de ambulancias, siguen siendo deudas pendientes, la marginación y las adicciones encontraron en las vías de acceso un canal directo que pone en riesgo el futuro de los jóvenes y la continuidad de su identidad cultural.
